EMMELINE

Mirella Schoenenberg Wollants

Arropa bien a los cuatro niños que duermen en parejas en dos camas. Hace frío. Se sienta junto a la mesita desde la cual una vela alumbra la pequeña habitación y le permite vigilar el sueño de los infantes. Reposa su espalda contra el respaldo de la silla y su mente vuelve a divagar. Mañana tiene otro mitin por lo que debe analizar bien que va a decirles para lograr convencer a la multitud que deben apoyar y unirse a la fuerza laboral.

Sabe que le echaran en cara que ahora está del otro lado, que ahora apoya al enemigo contra el cual todas habían luchado: El gobierno. Ese ente abstracto conformado por varones que no les habían querido dar el derecho al sufragio.

Quinientas mil de sus seguidoras se habían reunido en Hyde Park para exigir el voto a las mujeres el 21 de junio de 1908. Recuerda su hastío, el mismo que sentían todas las inglesas, quienes, indignadas por la indiferencia de los políticos y por los abusos policiales, habían decidido pasar de las palabras, a las acciones. Doce mujeres habían intentado dar discursos acerca del sufragio femenino en la Plaza del Parlamento y otras dos fueron al número 10 de Downing Street y tiraron piedras a las ventanas del hogar del Primer Ministro. Había habido redadas y muchas habían sido encarceladas siendo que en junio de 1909, varias de ellas protestaron a través de una huelga de hambre.

Cierra los ojos al recordar a los policías intentando que comieran, primero a puñetazos y trompadas, luego con tubos que les insertaban a través de la nariz o la boca para introducirles licuados espantosos. Para mantenerles abiertas las bocas habían usado mordazas de acero que las habían lesionado y a algunas desfigurado para siempre.

Lo único positivo de esto había sido que un periodista se había colado en una de las prisiones, presenciado la tortura y lo hizo público. La respuesta de los médicos y de la prensa fue de condena a esta violencia. Ella creyó que en ese momento el Parlamento aprobaría una ley que les permitiera votar.

Sin embargo, no fue así. Volvió a sentir calor en el pecho al recordar que había sido, no un hombre, sino una mujer, la que había traicionado: Millicent Fawcett, líder de otro grupo de sufragistas, había declarado que las huelgas de hambre eran meras artimañas de publicidad y que las activistas violentas eran una barrera para lograr el sufragio para las mujeres.

Abre los ojos y piensa en el fracaso que podía caer sobre la lucha que había enarbolado toda su vida; con once encarcelamientos y el rechazo de sus propias hijas a las cuales había involucrado en el movimiento: No obstante, no podía resistirse a apoyar a su país al estallar la primera guerra mundial. Sabía que la libertad y vida de su pueblo estaba por encima de otros intereses, como el sufragio femenino.

Emmeline Pankhurst estableció una tregua con el gobierno; y puso en marcha a su organización, la WSPU (Unión Política y Social de las Mujeres),  para que ayudara en los esfuerzos de guerra, en las cosechas del campo y en la producción industrial. Con la misma energía y determinación que le había dado antes al sufragio femenino, e incondicionalidad propia del sexo femenino; se dedicó a la defensa de su patria. Organizó mítines de apoyo al gobierno y realizó  giras por todo el país induciendo a las mujeres a unirse a la fuerza laboral.

Además, estableció una casa de adopción para los huérfanos de la guerra, diseñada para emplear el Método Montessori en su educación, y adoptó a cuatro de ellos.

Emmeline tomó la vela y salió de la habitación cerrando suavemente la puerta para no despertar a los niños. Piensa que mañana será otro día y que algo se le ocurrirá.